Ángela María Restrepo 1975 – 1976 – Fundación Reina de Quito

Ángela María Restrepo 1975 – 1976

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Todos los años cuando se presentan las candidatas para la elección Reina de Quito, la gente se pregunta ¿Y ahora quién saldrá? Yo siempre respondo: Sale la que tiene que salir, aquella que por una u otra razón tiene una misión por cumplir en beneficio de la ciudadanía y de sí mismo.

Para la elección de Reina de Quito 1.975-76, Finita de Durán-Ballén, esposa del Alcalde, fue a mi casa a principios de noviembre a pedir mi participación como candidata. Le agradecí y le di varios motivos por los que no podía aceptar, pero los rechazó y me informó que en los próximos días me visitaría la prensa; y así fue, cuando sin ton ni son, y sin el consentimiento de mi familia estaba metida en algo que jamás se me había cruzado por la mente. Sentía que mi personalidad no era para un evento como ese, pero me propuse seguir adelante y acepté, porque estaba muy triste emocionalmente y creí que sería una gran oportunidad. En realidad no pensé que sería elegida y que en un mes todo volvería a la normalidad.

Ese año las candidatas no tuvimos auspiciantes ni representantes de ninguna clase, todo corría por cuenta propia. Entonces mis compañeras de colegio, amigas y vecinas me armaron un espléndido ropero para todos los eventos previos a la elección; y, la víspera, mi mamá muy conmovida me compró el traje de gala y los accesorios necesarios y junto con una tía cocieron y bordaron con lentejuelas el traje típico que luciría esa noche.

La elección tuvo lugar en un set privado de Teleamazonas, Canal 4, con una mínima cantidad de invitados. Fui electa Señorita Patronato, pero al poco tiempo, la Reina electa renunció, por lo que fui coronada como Reina de Quito.

Es difícil explicar lo que se siente cuando te despiertas a la mañana siguiente y … eres la Reina de Quito, y te preguntas ¿Y ahora qué hago? ¿Qué hace una Reina? Y más aún si estás sola, pero poco a poco, día tras día las cosas se fueron dando y fue realmente una experiencia maravillosa.

Ser Reina de Quito fue entonces una experiencia para vivir nuevas ilusiones y esperanzas. Mirar con otros ojos el mundo que me rodeaba. Aprendí a perder el miedo, a quererme y valorarme. Esos meses de reinado me llenaron el alma de satisfacciones. Me sentí realizada, creo que lo que hice, que viví, que compartí, sí le llegó a la gente. De esto me daría cuenta luego de un discurso improvisado de despedida al entregar la corona, en los exteriores de las instalaciones de Ecuavisa, Canal 8, donde también en un set privado, se llevaba a cabo la elección de la nueva Reina; me esperaba una espectacular calle de honor hecha por jóvenes militares y un gentío que gritaba: “Reelección, reelección, reelección…” ¿Qué mejor agradecimiento que ese? Creo que ninguno…

Y al llegar a mi casa me recibieron con besos, abrazos y lágrimas de emoción, sentí que había cumplido la misión. Fue un año muy duro, pues mi familia no estuvo de acuerdo con mi participación en el reinado, pero tuve la suerte de contar con el enorme e incondicional apoyo, cariño y protección del Alcalde, arquitecto Sixto Durán Ballén.

Durante mi reinado pude descubrir la ciudad maravillosa en la que vivo, conocer su gente y conocerme a mí misma. Formé con la FAE una escuela de capacitación para los lustrabotas y vendedores ambulantes menores de edad. En su inauguración sentí una de las experiencias emocionales más fuertes que he tenido: Estaban todos los niños formados y yo parada frente a ellos, me miraban de pies a cabeza y de pronto una niña de unos siete años rompió la fila, corrió hacia mí, me topó e igualmente regresó a su puesto corriendo mientras decía en voz alta: “Le topé, le topé a la Reina, le topé”. Yo no podía creer lo que sucedía, me acerqué a ella, me agaché, le extendí mis brazos y le pedí que me abrazara. Tímidamente se acercó y me rodeó el cuello con sus brazos, yo le di un beso en el cachete… empezó a temblar y llorando decía: “Diosito me besó, la Reina me besó”. No resistí y rompí a llorar también y en segundos sentí muchos bracitos alrededor de mi cuerpo … que sensación más agradable, que trasmisión de cariño y calor tan puros, me sentí diminuta, a pesar de haber tenido desde chiquita el ejemplo maravilloso de mi madre de brindar ayuda de todo tipo a los demás.

Colaboré también con distintos materiales didácticos y de limpieza en una escuela de San Antonio de Pichincha. Hice las gestiones para conseguir unas sillas de ruedas para el Asilo Corazón de María. Conseguí una función completa y gratuita de circo para niños huérfanos y para todos aquellos niños y adultos con oficios ambulantes en las calles que creían que esa era una diversión inalcanzable y prohibida para ellos. Recuerdo que fui a repartir las entradas en la Plaza de la Independencia, cuando la multitud se abalanzó sobre mí, y quedé prácticamente sentada en el piso. Una voz ronca se abrió camino diciendo: “Permiso, permiso”. Me tomó de la mano, me levantó de un jalón, y corrió conmigo por la calle Espejo hasta llegar a la Flores. La gente corría detrás desesperada cerrando locales comerciales o negocios callejeros, diciendo que había bullas, que había otra vez problemas en el Gobierno (meses atrás fue el golpe de estado del Triunvirato a Rodríguez Lara). Subimos a un bus. Al llegar al Teatro Sucre nos bajamos y en un taxi me llevó a repartir las entradas en escuelas fiscales y en el orfanato San Vicente de Paúl, luego le pidió al taxista que me dejara en mi casa, a donde entré tan adolorida que no pude moverme por algunos días. Tenía un ojo morado por el golpe que recibí con la cámara de fotos de mi ángel de la guarda a quien no volví a ver. Solo sé que es fotógrafo, que se llama Fabián Peñaherrera, que estaba tomando fotos desde el techo del Palacio Presidencial y al ver con su lente que desaparecí, corrió y me salvó la vida de la muchedumbre.

A todos los eventos oficiales, el Alcalde enviaba su chofer, a quien cariñosamente todos llamábamos Cabecitas, a recogerme. Él me recogía del colegio, me llevaba a cambiarme de ropa a mi casa, luego al evento donde se mantenía cerca de mí como guardaespaldas y luego otra vez a mi casa o al colegio dependiendo la hora.

Para mis gestiones con el fin de levantar fondos y conseguir ayuda para mis obras, iba en bus de transporte público vestida de jeans, camiseta, zapatos de goma y con la banda de Reina de Quito en una shigra. Cuando llegaba al lugar de la cita, sacaba tímidamente la banda para que me permitieran entrar. Al poco tiempo había sitios que cuando llegaba decían: “Si trae la banda en la cartera déjele pasar … es nuestra reinita”.

Una de las anécdotas más importantes en mi reinado fue cuando pedí ayuda económica al Triunvirato para comprar termocunas, incubadoras y extinguidores de incendios que se necesitaban en el Patronato San José. Me dijeron que regresara el miércoles siguiente por el cheque, y luego de ir muchos miércoles durante varios meses, llegó la presentación de las nuevas candidatas y en una entrevista dije que no entregaría la corona hasta que el Gobierno cumpla con lo prometido. Últimas Noticias publicó en primera plana “Reina de Quito no entregará corona si no se le concede un pedido hecho al Gobierno”, razón por la que a primera hora del día siguiente recibí una llamada de la Secretaría de Gobierno en la que se me comunicaba que había cometido dolo y que podía ir presa, por tanto tenía que rectificar. A lo que respondí que lo haría con mucho gusto si se cumple con lo ofrecido. Me entregaron el cheque ocho días más tarde, y esa misma noche en la Elección de Reina, se lo entregué públicamente al Dr. Játiva del Patronato y agradecí al Gobierno y a toda la ciudadanía por su colaboración.

Uno de los acontecimientos más importantes que sucedió en Quito en 1976, fue que se colocó en la cúspide del Panecillo, el monumento a la Virgen María elaborado en aluminio por el artista español Agustín de la Herran Matorras.

Creo que son muchas las anécdotas que se pueden contar en un año de reinado, pero una de las que más marcó mi vida, fue que en un acto público, un policía de tránsito ya retirado, al que yo no conocía, me sacó a bailar y luego de algunos minutos de reírnos y conversar se descolgó del cuello el pito y lo colocó en el mío, diciendo: “Reinita le regalo lo más querido que tengo, mi compañero de vida”, yo no podía creer que me regaló “su tesoro”, el que le había acompañado durante todos sus años de servicio, me pareció un gesto generoso y hermoso y aún lo conservo como uno de los objetos más valiosos que tengo.

Luego de un año de experiencias maravillosas como las que yo tuve, mentiría si dijera que el haber sido Reina de Quito no influyó en mi vida, sí lo hizo y mucho. Cambió mi forma de ser, mi comportamiento, mi actitud ante la vida. Después del reinado, terminé el colegio en la Nocturna y estudié Educación Parvularia, profesión que ejercí durante diez y ocho años como Tía Missi. Soy súper optimista y me siento muy segura, feliz y agradecida de ser quien soy, no me cambiaría nada ni un poquito.

Estoy vinculada a la Fundación Reina de Quito desde Abril de 1985, cuando fuimos convocadas por primera vez todas las ex reinas para trabajar en conjunto. En 1986 gracias a un contacto del trabajo de mi papá, a nombre de la Fundación, pudimos lograr una de nuestras obras más gratificantes, el programa Niños Durmiendo Alrededor del Mundo con la Fundación canadiense SCAW Sleeping Children Around the World, repartiendo a niños recién nacidos y de hasta 12 años, kits completos de ropa abrigada según la zona en que vivían, a nivel nacional, el mismo que duró una década, cuando en otros países duraba máximo dos años. Los canadienses quedaron maravillados al recorrer nuestro país y siempre demostraron un cariño especial por la Fundación Reina de Quito a la que consideraban una gran familia.

Uno de los programas más importantes de la Fundación, el Centro Infantil Aprendiendo a Vivir tiene un significado muy especial para mí, no hay palabras para describir lo que se siente cuando los niños ingresan y tiempo después los ves graduarse e incorporarse a la educación regular, solo puedo agradecer a Dios por estar ahí.

Creo que somos una gran familia formada por un grupo ÚNICO de valiosas mujeres de distintas generaciones, ideas, puntos de vista, gustos y opiniones, unidas por una sola experiencia en común: el haber sido “Reina de Quito” y en la que hemos involucrado a nuestros padres, esposos, hijos, novios, familiares, amigos, compañeros, en fin, a todos cuantos podemos para trabajar juntos y voluntariamente por el mismo objetivo.

Al comienzo de esta aventura, muchas veces me pregunté ¿Qué hago aquí, si esto no es lo mío y nunca me gustó figurar? Años más tarde encontré la respuesta: El de arriba sabe lo que hace, cómo y por qué, pues tengo la certeza de que mi vida sin esta gestión no sería tan especial como es, trabajo tras telones, rara vez figuro y estoy en algo que no me gusta … ¡me fascina!, ¡me encanta!, me siento una mujer completamente realizada.

Formo parte de la Fundación y la Fundación forma parte de mí. Creo que con el granito de arena que cada uno pone se logran cosas maravillosas, miro hacia atrás y veo como empezó y a donde hemos llegado, y me siento feliz y satisfecha de saber que soy parte de este grupo de personas maravillosas, llenas de coraje y alegría.

Actualmente soy la Presidenta de la Fundación, tengo mi propio taller de arte y manualidades donde soy maestro de pincel y brocha gorda, carpintero, soldador, serígrafo, plomero, electricista, albañil; bordo, coso, tejo, es decir hago de todo y además manejo una pequeña finca agrícola con unos pocos animalitos que me heredó mi papi.

Estoy casada con Hernán Miño, una excelente persona, tenemos dos hijos maravillosos María Gabriela y Francisco José que nos llenan de satisfacciones.