Anita Villaquirán 1968- 1969

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La mágica noche de un 29 de noviembre de 1968 que cambiaría mi vida, “se estrenó” en el Teatro Bolívar del Quito colonial. Resonaban en el escenario los compases de tangos y valses argentinos de Humberto Jácome papá al frente de su Orquesta Típica Quiteña; y el momento de mi turno por la pasarela, escuché la canción más bella de ese momento: Love Story cantada por Andy Williams; y recuerdo además al Pollito Pólit, ahora Síndico de la Fundación Reina de Quito, interpretando como nadie el órgano con toda la emoción. Amina Becdach de Del Castillo, Presidenta del Patronato San José y esposa del Alcalde había cubierto todos los detalles de la ceremonia y se preocupaba de cada uno en el momento preciso. ¡Increíble pensar que ella sería luego la abuela de mis hijos!

Para aquellos días, yo era una joven de diecinueve años que venía atravesando el dolor de perder a su padre y el haber estado un año estudiando en los Estados Unidos. No tenía idea en lo que me estaba metiendo cuando acepté ser una de las candidatas, ni de lo que eso significaría en mi vida. Yo amaba mi ciudad, y eso era para mí importante, quería representarla. Fue Supermercados La Favorita el auspiciante aquel año. Ahí estaba junto a mí, mi mamá con su fuerza positiva durante el proceso de elección. Una vez que fuí electa Reina de Quito, significó la mejor universidad de mi vida. Esta experiencia dejaría huellas imborrables en mí y en mi familia. Significó compromiso, responsabilidad, disciplina y desde aquel día, un lugar especial en mi corazón para Quito y los quiteños, que tanto afecto me demostraron en el diario vivir.

Ya nunca más pasaría desapercibida en ningún lugar… ya habrían personas que de una u otra manera recordarían a la Anita Villaquirán de hace 43 años. Me acuerdo inclusive lo grato que era subirse a un “colectivo” y que el conductor no te cobre el pasaje porque eras la “Reinita”! Eso es algo que en todo momento de mi vida ha sido una motivación a mi espíritu de quiteña que ama de corazón a su ciudad. Conocí al hijo del alcalde, Chicho, y otra vez diría “increíble pensar que el sería mi esposo y el padre de mis hijos” con quien compartiría mi año de reinado y el resto de mi vida.

De mi predecesora, Consuelito Ordóñez (quien sería luego mi cuñada) heredé la responsabilidad de un pequeño asilo de ancianos “Casa de Salud La Dolorosa”. Sin ninguna experiencia, aprendí a ser una administradora, a velar por la salud, alimentación, necesidades básicas de un grupo de ancianitos, algunos abandonados en las calles y otros cuyos familiares depositaron su confianza en que cuidaríamos de ellos. Manejé y gerencié este establecimiento aportando con el calor humano que me permitió conocer lo que es la paciencia, escuchar a los ancianos cuando cuentan sus historias o a veces inclusive inventan sus nostálgicos recuerdos.

Pedía a Dios que me de la energía para poder llegar a mis viejitos con el plato de sopa, y tener siempre una sonrisa y la fuerza para cumplir con la diaria responsabilidad. Esta viada me serviría para pagar las cuentas de luz, agua, teléfono, sueldos y la comida. No olvidaré cuando me tocó enterrar a una de ellas, huérfana de familia, que solo contaba con mi apoyo. Ahora ya adulta me doy cuenta de lo mucho que esta dura experiencia me sirvió cuando conocí por dentro el dolor que esconde la ciudad con sus necesidades insatisfechas, y sigue como enseñanza en la vida diaria para vencer las adversidades y obstáculos que a diario se presentan.

Para solventar los gastos que el ancianato representaba organicé fiestas, desfiles de modas y rifas. Me hice experta en tocar puertas y buscar el apoyo que necesitaba. También dediqué mi tiempo a la organización y construcción de un comedor para los hijos de los presos del Penal García Moreno, en campaña con Radio Colón. Apoyé al Leprocomio en algunas de sus necesidades, coordinando sus programas. Fuí tomada en cuenta para apoyar a los empresarios quiteños en decisiones de la industria nacional. Apoyé al Patronato Municipal y a la esposa del Alcalde, así como al Prefecto de Pichincha en todos los actos de ayuda social a la ciudad y a la Provincia.

En las fiestas de mi reinado, arrancó el Primer Pregón en San Francisco, como un acto simbólico para encender las fiestas de Quito. Se inauguró el Museo del Banco Central del Ecuador. Además, fue un honor tener la oportunidad de conocer a destacados personajes de ese entonces tales como el alcalde de la ciudad, doctor Jaime del Castillo, quien sería no solo mi inspiración de servicio a la ciudad, sino luego mi suegro. Conocí al Presidente de la República el doctor José María Velasco Ibarra y al Prefecto de la Provincia, el doctor Manuel Córdova Galarza. El poder dialogar y compartir con estos importantes ecuatorianos es algo que siempre atesoraré.

Tuve la oportunidad de representar al Ecuador y a Quito en los “Carnavales de Barranco” en Lima, Perú, con Eduardo Zurita y su grupo musical. El evento fue sobresaliente, pero al final se presentó un contratiempo, cuando la persona que debía pagar los hoteles de las delegaciones, desapareció por encanto, y por ende, me tocaba pagar la cuenta… por suerte el Alcalde de Quito solucionó el incidente, y pude regresar a mi país.

Ciertamente la corona de Reina de Quito tuvo gran influencia en mi vida. Luego de formar mi hogar y tener mis hijos que crecieron desde bebés asistiendo a los programas de la Fundación Reina de Quito, Daniela soñaba con ser Reina algún día. Era una niñita que ensayaba desfilar en la pasarela, responder al jurado y verse coronada, haciendo obra social. Cuando creció, su sueño se hizo realidad: ¡Se convirtió en Reina de Quito!

Esta alegría de ver en mi hija vivir lo mismo que yo pude experimentar, me permitió ser su apoyo moral, pero siempre tras bastidores. Consideré que ella debía vivir su propia experiencia, con sus aciertos y errores, permitiendo que pueda compartir con la Fundación Reina de Quito como Daniela del Castillo y no como “la hija de la Anita”. Este “cortar del cordón umbilical” fue gracias a que tuve la suerte de que Noemí Albuja de Izurieta era la Directora de la Fundación, y fue con Mimi y mis colegas de la Fundación, que Daniela tuvo todo el apoyo y aprendió a volar por sí misma, realizada como una dedicada quiteña que sirvió a su ciudad con toda determinación y entrega. Todo este amor a Quito, definitivamente fue una herencia de familia pues luego de muchos años tuvimos otra Reina en casa, mi sobrina María Caridad del Castillo.

Tampoco olvidaré cuando 23 años luego de mi reinado, recibí de María Teresa Donoso, Reina de Quito en 1985, una invitación para encontrarnos en el Hotel Colón con varias ex Reinas de Quito. ¡Qué expectativa tenía! Ya mi reinado había quedado como un hermoso recuerdo… ahora me encontraría con varias Reinas, a quienes había conocido solo en el periódico o en la televisión. ¿Cómo serían ellas? ¿Cómo me sentiría? ¡Cuánto me preparé para esta reunión! Conocí hermosas mujeres, por dentro y por fuera, sencillas, con muchas cosas en común: Coincidíamos en nuestro amor por la ciudad, en nuestras vivencias, en que queríamos establecer nexos para trabajar juntas y sembrar una amistad, sin afán de sobresalir, sin afán de reconocimiento, solo para unir esfuerzos y apoyar a la Reina actual … cómo no hacerlo con una persona generosa, brillante y trabajadora como María Teresa!

Ahí empezó… ella convocó a las “antiguas” con su único afán de unir nuestro amor por la ciudad y experiencias similares. Hubo consenso inmediato, arrancamos enseguida y poco a poco involucramos a nuestros esposos, hijos y esta gran familia inició con reuniones de casa en casa planificando el trabajo y delegando funciones. Ya no contaba el año del reinado, ya no importaba si era jean o calentador, lo importante era compartir el trabajo y poner manos a la obra.

Con el tiempo y las aguas, fuimos creciendo, hasta tener nuestras oficinas y llevando en el alma esa inyección de servicio, acompañando a la Reina actual que año tras año viene cargada de emociones. Listas a poner el hombro a su nueva programación y la continuidad a las obras anteriores. Es un suceso de emociones, recibir a la nueva soberana, y despedir a la colega y amiga que se incorpora al grupo de las ex Reinas. Soy la admiradora número uno del trabajo de la Fundación Reina de Quito en todo su camino recorrido y me siento orgullosa de pertenecer a la misma. Aunque por motivos ajenos a mi voluntad, no dispongo del tiempo que quisiera para estar presente y aportar más, seguiré siempre vinculada porque es algo que alimenta el cariño por la ciudad y por pertenecer a este grupo de maravillosas mujeres emprendedoras y trabajadoras, sensibles a las necesidades de nuestra ciudad.