Carmen Vásconez 1980 – 1981

DONAR

¿Será que gano? ¡Ni hablar! Tengo apenas 17 años, soy la menor de todas, pero al menos tendré la oportunidad de participar de una experiencia interesante y enriquecedora; seguro que algo aprenderé.

Y así fue: interesante, enriquecedora, y también extenuante. ¡Y gané! Y todo lo que aprendí es difícil ahora explicar con palabras después de tres décadas de esa experiencia encantadora. Fui niña hasta el 28 de noviembre de 1980 y para el 25 del mes siguiente, en la Navidad, me había convertido ya en una mujer. Hice muchas cosas durante ese año de ayuda a los más pobres y necesitados de mi querido Quito. Trabajé con los músicos que no estaban aún organizados, con pacientes terminales, con los niños de la Unidad de Quemados del Baca Ortiz, con los internos en los hospitales psiquiátricos.

Pero creo que lo que más me marcó, fue eso, la Navidad. Miles de fundas de caramelos repartidas personalmente por todos los barrios más pobres a niños que nos hemos acostumbrado a ignorar; aquellos que de dulce no conocen nada, pues sus vidas no les brinda más que amargura y dolor, caminan como fantasmas por las calles a duras penas sobreviviendo y tragándose las lágrimas porque la vida les pasa de lado sin siquiera regresar a ver.

Entendí la esperanza con los niños, la resignación con los presos, y la frustración con los pacientes psiquiátricos. Comprendí el verdadero milagro de la vida al ver la emoción que todos sentían y que muchos damos por descontado, cuando amanece un nuevo día… y quién sabe qué alegrías o sinsabores les podría traer!

En aquella época, la vida del país estaba cambiando y apenas habíamos pasado de un gobierno dictatorial a uno democrático. Siendo Presidente, Jaime Roldós Aguilera, se inició el conflicto de Paquisha, y mi ciudad palpitaba al ritmo de cada corazón de este pueblo; nuevas y desconocidas emociones al ver como grandes y chicos, ricos y pobres se unían para aportar de alguna manera a la defensa del Ecuador. En medio del conflicto, tuve la suerte de poder ayudar centralizando en Quito las donaciones de productores agrícolas y ganaderos de la Sierra Sur, que hacían llegar camiones cargados con verduras, frutas y ganado de carne para dedicarlos a la producción de raciones de combate en los laboratorios de la Politécnica Nacional.

Y ahora que lo pienso, tal vez fue en ese momento que vi lo que más me sorprendió – pues nunca lo imaginé posible – y fue ver como pobres y ricos, grandes y chicos se unieron para respaldar a nuestro país en la manera en que pudieran, aunque solo fuera marchando por las calles para expresar su apoyo. ¿Se imaginan? En medio de todo el trabajo, recorrer las calles de la ciudad hasta la Plaza de San Francisco con miles de personas, en medio de una energía contagiosa y solidaria en la que todos somos iguales, y juntos ¡somos capaces de vencer toda adversidad!

Ahí estaba el verdadero espíritu de esta ciudad, en la gana de luchar y en la capacidad de apoyar el hombro y vencer, con el corazón valiente y generoso. ¡Esto es para mí lo que mejor define a Quito!

En resumen, haber tenido la dicha de ser Reina de Quito, fue para mí el recorrido del sendero que me enseñó a conocer la realidad de esta bella ciudad, y la oportunidad de trabajar por varios sectores que requerían ayuda muchas veces emergente. Y fue, sobre todo, la oportunidad de sentir cómo en Quito no importa la raza ni la condición, el género ni las creencias religiosas, ya que el momento preciso, ahí estuvimos los quiteños listos a trabajar juntos por una ciudad mejor.