Cristina Saona 1987 – 1988

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Y por fin llegó la noche del 26 de Noviembre de 1987, noche en la que 11 jóvenes entusiastas harían su mejor esfuerzo por dejar a un lado los nervios y la ansiedad acumulada en todo un mes de preparación, para transmitir en el escenario del Teatro Bolívar, todo lo aprendido, con la alegría y la elegancia que requiere la ceremonia que da inicio a las fiestas de Quito. Tras bastidores el corre corre, estar listas para la siguiente salida, cambio de vestuario, retoque de maquillaje y lo más temible, qué me van a preguntar. En fin, esa noche fue alegría, abrazos, felicitaciones y hasta lágrimas de emoción.

A pesar de haber transcurrido varios años desde que tuve la enorme satisfacción de haber servido a mi ciudad como Reina de Quito, mi corazón se entusiasma y una gran sonrisa viene a  mi rostro al recordar que ser Reina de Quito me dio la oportunidad de conocer profundamente a esta hermosa ciudad, grande desde sus raíces, legendaria, cuna de hombres y mujeres ilustres, llena de gente de buen corazón que te recibe siempre con cariño, gente trabajadora, agradecida y a la vez una ciudad con grandes diferencias sociales. Fueron justamente estas diferencias las que me conmovieron y me invitaron a trabajar, a compartir, a ser creativa para servir a mi ciudad, el anhelo de ayudar se convirtió en un desafío entre el tiempo para recaudar fondos y solicitar la ayuda de instituciones que se sumaran a los proyectos. Un reto para vencer la timidez de una joven de 19 años, quien se sentía respaldada por su familia y el grupo de ex Reinas de Quito, para ir y solicitar con total convicción el apoyo económico necesario para su plan de trabajo.

Consciente de la responsabilidad que se te entrega al ser elegida Reina de Quito, después de las fiestas de la capital, comencé con mis papis, abuelitos, hermanos, tíos, primos, ex Reinas, en fin toda la familia y amigos, la planificación para los agasajos navideños. Con la ayuda de donaciones públicas y privadas logré entregar caramelos y juguetes a más de 10.000 niños de escasos recursos de escuelas fiscales y municipales de varios sectores de la ciudad concluyendo con un espectáculo en la Plaza de Toros. Que emoción tan profunda se siente cuando uno repasa lo vivido y se da cuenta que el esfuerzo, las noches de planificación, la colaboración de familiares, las sugerencias, engranan perfectamente, para lograr el objetivo, servir a la gente de tu ciudad.

Con el impulso que me dio haber tocado el corazón de todas aquellas personas que me ayudaron en navidad, y luego de haber recibido las sonrisas, abrazos y agradecimientos de los más pequeñitos, recargué baterías para seguir cumpliendo con el plan de trabajo, uno de ellos Nacimientos Felices, idea de mi abuelito. Se asistió a 152 madres en gestación para que tengan sus bebés en las condiciones que todo ser humano merece para disfrutar de esta experiencia.

Otro de los sueños que me propuse llevar a cabo, fue trabajar por los niños de la calle, me puse en contacto con el director de Mi Caleta y durante ese año obtuvimos fondos para dotar de camas literas a la casa donde el Padre Paredes recibía a jóvenes desprotegidos, niños maltratados en sus hogares que preferían pasar hambre y frío en las calles de su ciudad con tal de no regresar a la cruda y violenta realidad de sus hogares, si a eso se puede llamar hogar. Con estos chicos nos reunimos por varios miércoles en la noche, en el parque La Carolina, a disfrutar de un snack, donado por diferentes empresas. Esa comida era en la gran mayoría de los casos, la única comida en varios días de esos pequeños, pero además era la herramienta para acercarlos a la posibilidad de encontrarse con otros chicos que habiendo vivido anteriormente las mismas situaciones, ahora estaban integrándose positivamente a la sociedad gracias a los talleres que recibían en Mi Caleta. Que profundo descubrir que a pesar de vivir experiencias negativas en tu vida, cuando alguien te tiende la mano en medio de la austeridad y del dolor, el ser humano, está dispuesto a dejarse llevar por el camino del amor.

Otra experiencia que quisiera compartir y que me impactó sobremanera fue la organización y ejecución de la Feria Un Ecuador Para Todos, obra que la Fundación Reina de Quito llevaba a cabo todos los años, con el anhelo de concientizar en la sociedad la necesidad de integrar a los niños y jóvenes con discapacidad. Mi grata sorpresa fue, que estos chicos, maravillosos por cierto, con un corazón puro, llenos de actitudes nobles y espontáneas, saben disfrutar la vida, viven cada momento intensamente, y eso se reflejó en los diferentes trabajos manuales que realizaban, los mismos que eran ofrecidos a la venta en la feria. Cuanta paciencia y concentración en los momentos de ejecutar sus manualidades, gran prolijidad en los detalles, llenos de color y vida, y sobre todo el amor con el que te ofrecen el fruto de su esfuerzo. Entonces la reflexión, ¿estoy poniendo todo mi corazón en lo que hago? Cuántas lecciones de vida…

Hay tantos sectores desprotegidos en nuestra ciudad. No nos podemos olvidar de los ancianos, ellos ya labraron la tierra, cumplieron su parte, aportaron al crecimiento de la ciudad con su trabajo, y quizá en la mayoría de los casos, en la etapa donde la fuerzas decayeron y la mente claudicó, la soledad es su única compañera, la sociedad olvidó su aporte. Esto fue lo que me hizo notar mi abuelita y me motivó a conseguir el apoyo del BEDE y de la Fundación Hermano Miguel, para conseguir las donaciones necesarias y financiar la construcción de un bloque para el Hogar de Ancianos “San Vicente de Paúl”.

Entre la gran cantidad de enseñanzas que me dejó el año de Reina de Quito, quiero resaltar lo aprendido. Para lograr tus objetivos en la vida, tienes que fijar las metas, si sueñas en ellas son realizables, trabajar con todo tu corazón y energía, ser perseverante y confiar en que toda semilla que se siembra dará sus frutos. Cosecharemos cuando estemos preparados física, mental y emocionalmente para saborearlo.

Te queda la grata sensación de la labor cumplida y la certeza de que como seres humanos somos responsables los unos de los otros, que cuando la vida te brinda la oportunidad de extender tu mano y lo haces, encuentras sentido a tu existencia.