Helena Serrano 1962 – 1963

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En esos momentos que me nominaban para Reina de Quito, había mucha turbulencia política, ya que justo ese mes de noviembre había sido derrocado el doctor Carlos Julio Arosemena Monroy, hijo de un gran estadista y Presidente que fuera su padre, Carlos Julio Arosemena Tola en 1946. Se había instalado la llamada Junta Militar de Gobierno. Pero nada de eso me importaba en ese instante de gloria, que sentía al recibir la corona de Reina de mi ciudad amada, y de la que quedé plenamente enamorada luego de los estrictos doce meses de labor.

Ahora, después de estas décadas caminadas, siento que la dignidad que ostenté fue el aliciente que me hizo comprender el apoyo hacia una ciudad que todos queríamos verla mejor, más linda, con más progreso. Servir a Quito como su soberana fue el máximo galardón de mi vida; una distinción que llenó mi espíritu de alegría y me hizo, definitivamente crecer como la persona que soy, siempre comprometida con mi ciudad.

Todavía guardo vívidos recuerdos de mis patrocinadores, en primer lugar, la Asociación Bolivariana de Quiteños, a la que se unió el respaldo del Ilustre Municipio de Quito. Allí conocí gente de primer orden humano y moral, empeñada en dar lo que se pueda a la bella ciudad capital de todos los ecuatorianos, y siempre dando prioridad a los sectores marginados y más necesitados, donde llegue con mis programas y ayuda. Me acerqué a las realidades sociales, sus necesidades, y contribuí a lograr el progreso de los habitantes de los barrios quiteños.

Fue así que pude emprender en obras de beneficencia, participar en actos, programas, veladas culturales y sociales para recaudar fondos para los ancianos, los niños pobres y familias de escasos recursos económicos. Siempre me faltaban más y más recursos, porque una Reina quiere dar todo… el presupuesto siempre queda corto frente a las necesidades. Con justa la razón, nuestros abuelos decían: “no es que la plata no te alcance para nada, sino que no te alcanza para todo”.

Pero ahí estábamos con familia, amigos, empresarios y funcionarios para ofrecer una mano llena de amor por Quito, hacia la gente que tenía sus brazos extendidos y su sonrisa amplia y feliz.

De la mano del Alcalde Jorge Vallarino Donoso, “Vallita”, como le apodaban, era un personaje lleno de encanto y gran presencia de ánimo, asistí a las inauguraciones de las obras públicas municipales, que se daban en cantones y parroquias de Pichincha, organizadas por el Concejo Municipal capitalino, donde destacaba su secretario, ahora mi esposo, Francisco Larrea Donoso, quien me ha conferido desde entonces el delicado encargo de “Gerente General de nuestro hogar”.

Recuerdo haber estado rodeada de la Banda Municipal que engalanaba las tres corridas de toros que se daban antes de que se llame “Feria Jesús del Gran Poder”, a imitación de la ciudad de Andalucía. Desde el tendido, aprecié el desplante del matador lleno de arte que hacía un requiebre en honor a la Reina de Quito. En la recién inaugurada Plaza de Toros Quito, nuestros diestros Manolo Cadena y Fernando Traversari, ponían su toque quiteño y me parecían sensacionales.

Recuerdo que en mis recorridos por todo Quito, la gente era amable, sonreída, amena, pacífica, solidaria hasta en el más mínimo detalle, que llenaron mi alma y mi espíritu. Fue entonces que llegué a querer y compenetrarme en la magia de mi ciudad, que ya pronto sería Patrimonio de la Humanidad. Mi preocupación por el mantenimiento de los valores culturales y la preservación de los monumentos y edificios del Casco Colonial, se expresaban en toda ocasión, pues el Centro Histórico fue la exaltación de nuestra cultura ancestral.

Tuvimos la grata sorpresa de que visite Quito, Norma Nolan, Miss Universo. Era una simpática muchacha veinteañera como yo, que visitaba nuestro país por primera vez. Disfrutamos mucho de su presencia, amabilidad y sencillez.

Qué grato es ver que a través de la Fundación Reina de Quito, nuestros pasos por el reinado quiteño, hayan sido recogidos con creces y que nuestra labor haya fructificado en manos de este grupo ejemplar de ex Reinas que dan su vida por la ciudad, como así lo hicimos quienes tuvimos el sin par privilegio de ser nominadas para tan maravillosa dignidad. Día a día, sigo con enorme interés las labores de la Fundación y me siento parte de ella aunque sea de manera espiritual, considerando la necesidad de su existencia y su acrisolada e impactante obra en beneficio de la capital de la República.

Tuve la suerte de acompañar a quienes hacen la Fundación hasta el año 1990. Me declaro ahora y siempre su irrestricta admiradora. ¡Bien por ellas!