María Fernanda Salvador 1990 – 1991

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Como casi siempre sucede en la vida, uno planea con exactitud lo que pretende hacer, pero es solo Dios quien decide lo que pasará. 1990 era el año programado para salir a Europa y a estudiar. Lo tenía todo listo y organizado hasta que el 1 de Noviembre del mismo año. Una llamada telefónica cambiaría el rumbo de mi vida: se había propuesto mi nombre para ser candidata a Reina de Quito y tenía que decidir si lo aceptaba o no en pocas horas.

Papá, quien enfatizaba siempre en el estudio se opuso e insistió en que debía seguir con mis planes. Mamá, abierta a todo lo que a uno le permita crecer, me motivó a devolver la llamada. Lo único que hasta ese entonces me vinculaba con el reinado de Quito fue un pensamiento sui géneris que tuve en una corrida de toros el año 1989, al ver a la entonces Reina de Quito sentada en su palco saludando al público. En ese momento un deseo llenó mi corazón: el próximo año quiero ser yo la Reina de Quito. Sin embargo, este pensamiento se esfumó de inmediato con el primer torero guapo que salió, y nunca volví a pensar en mi deseo hasta la tarde en que escribía una especie de examen de conocimientos generales que me tomaron como candidata a Reina de Quito. Creí que el concurso se basaba en la noche de la elección, pero no fue así, como candidata pasé por una cantidad de pequeñas pruebas y entrevistas que sirvieron para comprobar aspectos de solidaridad, madurez y predisposición al compromiso social.

Desde niña asistí a mamá en sus programas de ayuda social, ella y su escuela se comprometieron siempre en sacar adelante a familias y comunidades en desgracia, comprometiendo el trabajo de estudiantes y padres de familia. A mí me tocaba ayudarla, muchas veces sacrificando mis fines de semana de bicicletas y amigos. Estaba entonces en mi terreno, me sentía segura de lo que hablaba y lo que quería lograr. A pesar de que hay un entorno de amistad entre las candidatas, hay un ambiente de competencia, para el cual no estaba preparada. Por suerte, nunca estuve sola, mi familia me acompañó en todo el proceso y eso me dio mucha seguridad y fuerza. Me preparé y fui dispuesta a ganar. Nunca he tenido una sonrisa tan grande como cuando escuché mi nombre como Reina de Quito…había cumplido mi meta.

De la silla de mi pupitre escolar, pasé a sentarme en un trono y de la noche a la mañana me convertí en un personaje para mi ciudad y mi país. Mi pequeño armario de jeans y camisetas se llenó de repente de decenas de vestidos, zapatos y accesorios. Para los quiteños y los medios de comunicación, su Reina debía ser la más guapa, la más elegante, la más bondadosa, la más madura y además toda una enciclopedia de conocimiento. La presión y las expectativas eran enormes, a mis 19 años la lista de cosas por aprender se hizo interminable y yo estaba contra reloj.

La muchacha de bachillerato estaba ahora en la misma mesa del Presidente de la República, ministros, embajadores, políticos, intelectuales, artistas, deportistas y personajes famosos. Había que concentrarse en tener los pies muy bien puestos sobre la tierra para no flotar en un mundo de fantasía. Además lo que diferencia al reinado de Quito con cualquier otro título de belleza, es el trabajo de codo con codo con la miseria, enfermedades y realidades más tristes que jamás me haya podido imaginar que existían en el Ecuador. Esto por supuesto provocó mi primera visita oficial al hospital con una gastritis aguda creada por el estrés.

Me era claro que la Reina de Quito ofrecía un año de su vida al servicio de la ciudad, pero nunca me imaginé el nivel de compromiso, entrega y trabajo que ésto significaba. Sí, es muy personal lo que cada Reina quiere lograr y el tiempo que ésta decide invertir en su obra, sin embargo el código no escrito entre nosotras es muy fuerte: Respeto a la tradición y al honor de ser Reina de Quito. Es entonces que a cada una de nosotras le corresponde el decidir sobre cuáles son las propias posibilidades para continuar o elevar el estándar establecido en años anteriores. Mi nombre estaba en juego y me decidí por entregarlo todo para lograr uno de los mejores años de mi vida.

Al pasar las semanas, los problemas y las cartas de peticiones se acumulaban exponencialmente. Tenía todo mi pupitre escolar lleno de papeles y tarjetas. Mi inexperiencia manejando situaciones complejas de otras personas y mi precaria infraestructura de trabajo no ayudaban. Había que profesionalizarlo todo. Antes de comenzar por los demás, había que vencer mis propias limitaciones. Me tomó un tiempo comprender que no se trataba de una tarea fácil. Ahora era yo la Reina de Quito y la Presidenta de la Fundación Reina de Quito. Para mediados de mi año, las ex Reinas y yo nos encontrábamos trabajando juntas para una mejor realización de los proyectos de la Fundación y los míos propios. Me sentía mucho más segura compartiendo mi mensaje, más fuerte y hábil para manejar proyectos y canalizar ayuda. Un amigo de la familia puso a mi disposición sus oficinas, teléfonos, fax, papelería y secretaria lo que me permitió al fin trabajar de manera profesional. Estaba feliz, disfrutando de poder ser el canal de ayuda de muchas familias y de mucha gente con problemas, pero lo más importante, comprendiendo que uno no es Dios y respetando la dignidad de las personas.

Para finales de año trabajar como Reina de Quito era un verdadero placer. Me conocía la ciudad como la palma de mis manos. Sabía como funcionaban muchas cosas y era una experta en negociaciones. Conocía como funcionaban las donaciones y sus principios.

Mis proyectos se concretaron y logré convencer al INNFA y comprometer al Patronato Municipal San José para la creación de una guardería para ayuda a las madres solteras, la misma que sería manejada por el INNFA; como también, dos centros de salud que servían también de centros de capacitación para las familias y mujeres, para aprender primeros auxilios y a mantener una dieta sana y balanceada. Se complementaban con una bolsa de empleo, como plataforma de oferta y demanda de trabajo. Colaboré con decenas de pequeños proyectos que apoyaron a la expresión deportiva, artística y cultural de los jóvenes en la ciudad.

Con la Fundación Reina de Quito trabajamos codo a codo para la realización de los proyectos, entre los cuales, el que más llenó mi corazón por su autenticidad y su concepto no paternalista, fue la Feria Un Ecuador Para Todos donde personas con discapacidad trabajaron creando arte para poder exponerlo y venderlo. Fue allí donde conocí a mis verdaderos amigos, los que me llenaron de orgullo por ser ecuatoriana, y quienes a través de su superación, me inspiraron a nunca dejar de trabajar por el desarrollo del ser humano.

Definí mi año de reinado con las palabras del Premio Nobel de Literatura R. Tagore: “Yo soñaba que la vida era alegría, y vi que la vida era servicio; serví y vi que el servicio era alegría”.