Maritza Granja 1983 – 1984

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Participar en una elección de hermosas muchachas quiteñas y culminar la velada con el galardón de Reina de Quito, siempre será un honor, una distinción, que generosamente me dio la ciudad de Quito en 1983; una experiencia única, enriquecedora e inolvidable.

Ese año de intenso trabajo y emociones llenó mi armario de recuerdos y anécdotas, siempre relacionadas con la condición de ser soberana de la capital: pasas de ser una joven desconocida que lleva una vida normal y tranquila a ser alguien de quien todos están pendientes y con quien quieren colaborar. ¡Hasta me dieron licencia de manejo cuando yo ni siquiera sabía prender el auto! El carro que me regalaron fue cortesía de Aymesa, un automóvil del año, Cóndor 84, color anaranjado, al que yo le decía “color municipal” (por el color de los carros recolectores de basura de aquel entonces…). Al principio, en vista de que yo no sabía manejar, lo conducía una amiga para los recorridos de la ciudad, pero luego ya lo hacía yo, y recuerdo que me atemorizaban muchísimo (hasta ahora lo hacen) las cuestas del centro histórico. Era, muy a mi pesar, invariablemente observada por los transeúntes que me saludaban, me vivaban, les llamaba la atención el color del “carro de la Reina” y, por supuesto, los enormes letreros de Reina de Quito que desplegaba a los costados. En el Quito de esa época circulaban menos de cincuenta mil automóviles y era agradable el recorrido a lo largo y ancho de toda la encantadora ciudad. ¡Qué tiempos aquellos!

Ya pasados los momentos emocionantes de la noche de la coronación y la alegría del triunfo, el reinado se convirtió en labor de trabajo y servicio a favor de quienes más lo necesitaban. Convicciones como la solidaridad, la voluntad de ayudar y la búsqueda de equidad, han sido los hitos que me hicieron madurar y perduran en mi mente imbuida de la importancia del servicio comunitario.

Por sobre las actividades y ayudas puntuales en que tuve la oportunidad de colaborar, como cuando conjuntamente con la Defensa Civil lideramos una campaña para ayudar a las víctimas del gravísimo accidente de aviación en el norte de Quito, de la compañía AECA el 18 de septiembre de 1984, día en que tuvimos que lamentar la muerte de 54 personas y una incuantificable destrucción de bienes materiales. Aparte de eso, mi obra principal fue la creación de la Fundación Reina de Quito.

Motivada por mi experiencia de que la Reina debe contar con un apoyo y soporte estructurados para que su gestión la pueda realizar de la mayor y mejor manera, intervine junto con mi familia, quienes fueron un gran soporte, en la creación de la Fundación Reina de Quito para que a través de ella trabajen las reinas en lo posterior. Sus estatutos fueron aprobados por el Ministerio de Bienestar Social y es así que nace, legal y oficialmente mediante Acuerdo Ejecutivo No. 1150, el 28 de noviembre de 1984.

Habiendo sido electa María Teresa Donoso, puse en su conocimiento y en sus manos la Fundación, para que impulse la obra. En su inicio estuvo planificado un campo de acción definido enfocado en un hogar para madres solteras, pero luego sus estatutos fueron reformados y perfeccionados, y actualmente, como es de conocimiento público, esta Institución cumple muy eficazmente su importantísimo rol de ayuda social.

Es así que fui la mentalizadora y gestora de la Fundación Reina de Quito y aunque actualmente, por diversas situaciones, no formo parte del grupo de reinas activas, es muy gratificante ver que mi idea tuvo eco, mi propósito recibió acogida y la semilla que planté cayó en tierra fértil. Quienes la integran han tenido mística de trabajo, que desde cualquier punto de vista es encomiable y digna de reconocimiento.

Si miro en retrospectiva, siempre sentiré que se quedaron cosas por hacer, ayuda que ofrecer. Así como también perdurará en mi corazón gratitud hacia las manos generosas que me apoyaron, porque gracias a ellas recibí sonrisas de los niños, bendiciones de los viejitos…

¡Gracias, Quito!