Nathalie Proaño 1982 – 1983 – Fundación Reina de Quito

Nathalie Proaño 1982 – 1983

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Durante muchos años, mi vida había transcurrido en una agradable ciudad de los Estados Unidos donde vivía con mi familia, hasta que mis padres decidieron regresar a Quito y fui matriculada en el Colegio Americano, donde conocí a gente muy chévere y amigas para toda la vida; como sucede en la soñada época de la adolescencia, donde todo es color de rosa. Y esa sensación de que me sucedían cosas maravillosas se complementó cuando me pidieron que sea candidata a Reina de Quito. ¡Una sorpresa total! Solo tenía diecisiete años, y al recibir el apoyo de mis padres decidí participar.

Fue el inicio de una jornada maravillosa que me hizo tocar el cielo de felicidad la noche que me ciñeron la corona en impresionante velada, aquel 26 de noviembre de 1982. Desde ese momento fui la Reina de Quito y solo sabía que la corona tenía que llevarla por doce meses, en los que se pondrían a prueba mis habilidades, personalidad y carácter. Todo fue sensacional y lo que me pasó con esa distinción fue de gran utilidad en los caminos que he tomado en mi vida, tanto en el ámbito profesional como personal.

Tuve responsabilidades y retos muy grandes para una adolescente. La difícil situación económica del Ecuador durante 1982 y 1983, producto de la crisis financiera y el fenómeno del Niño, puso en verdaderas dificultades a la empresa privada. Lograr auspicios fue un reto, de tal forma que recurrí a la Cámara Nacional de Representantes – el Congreso de ese entonces, ahora Asamblea – para conseguir partidas del presupuesto nacional para canalizar mis proyectos.

Orienté mis actividades hacia el campo de la salud. Tuve el privilegio de aportar en la ejecución de proyectos para el Hospital Geriátrico de Cotocollao, donde colaboré en la construcción de la sala de uso múltiple para sus programas de rehabilitación; en la recientemente inaugurada Maternidad del Patronato Municipal de Amparo Social San José, donde participé en el equipamiento; y en el Hogar de Enfermos Incurables ABEI, que entonces proyectaba su nuevo edificio.

Si bien es cierto que los logros más relevantes fueron los mencionados, no puedo dejar de dar valor a otras múltiples actividades que significaron un aporte canalizador de proyectos dirigidos a mejorar la calidad de vida en diferentes barrios y comunidades. Aprendí a identificar, en medio de la diversidad de nuestra ciudad, qué organizaciones y personas tenían intereses en común. De esta manera, por ejemplo, se puso en marcha la Feria del Ahorro junto a las Damas de la Pequeña Industria de Pichincha, promoviendo productos de fabricación nacional para consumo de los quiteños de escasos recursos económicos. Queda siempre mi permanente gratitud porque me permitieron colaborar con todos ellos.

La Fundación Reina de Quito se creó posteriormente a mi Reinado y participé en ella de manera activa durante sus primeros años de existencia, y felicito a todas las mujeres de empuje que han contribuido en su fortalecimiento. Por fortuna las siguientes Reinas han tenido el apoyo de esta institución ejemplar que ha seguido creciendo a lo largo de los años.

Luego de haber comprobado la gran utilidad y valor agregado que la Fundación significa para las reinas, me digo, que ojalá yo hubiera tenido la suerte de contar con formidable apoyo humano y de infraestructura. De todas maneras, no puedo desconocer el invalorable soporte y valiosa orientación del Alcalde de Quito, Alvaro Pérez Intriago y de su encantadora y generosa esposa María Elena Salazar de Pérez, que tantas muestras de aprecio recibimos cuando les acompañaba en los actos o en los recorridos de trabajo.

Mis padres fueron mi soporte y la guía fundamental en las decisiones que asumía. Mis hermanos me llenaron de su compañía agradable y calurosa y asistían junto a mí a las diversas actividades programadas y colaboraban conmigo en las campañas llevadas a cabo. Mi familia compartió conmigo sus valores de responsabilidad social y su cariño para nuestra ciudad.

No puedo dejar de mencionar el auspicio decisivo que me brindó el Colegio Americano de Quito. Norma de Hidalgo, su Rectora en ese entonces, a quien recordaré siempre con cariño presente, me brindó la flexibilidad necesaria para que pueda cumplir mis obligaciones con la ciudad y como alumna de sexto curso. Por supuesto, mis compañeros de clase no se quedaron atrás, pues conté sin reservas con ellos para ponerme al día en mis estudios, para recibir su escolta en los compromisos formales, y para sentir su solidaridad acrisolada al estar a mi lado en algunas de las más importantes actividades comunitarias.

Atendí con actitud positiva y con todas mis fuerzas, los requerimientos de otras personas, que dejaron marcada mis propias decisiones de vida, teniendo en mente que es mi obligación dar lo mejor de mí en beneficio de otros.  Mi espíritu de servicio, mi deseo de querer ser un catalizador para que otros promuevan sus capacidades, al tiempo de vincularme a instituciones orientadas al bienestar de los ecuatorianos, fue siempre una motivación personal que existe en mí desde aquella experiencia. En mi vida profesional llevo más de dos décadas dedicada a la administración de Recursos Humanos, con enfoque al desarrollo profesional e integral de quienes forman una empresa. Soy profesora universitaria, coach y actualmente soy Directora de Recursos Humanos de una compañía farmacéutica multinacional de gran prestigio, orientada a la salud y bienestar de la gente.

Mientras fui Reina de Quito aprendí a querer a mi ciudad donde decidí echar raíces, formar mi familia y contribuir en su desarrollo a través de mi profesión y de mi hogar.

Que este cuarto de siglo de la Fundación Reina de Quito, sea siempre un imán poderoso que nos atraiga, para constatar que las ex Reinas y la Reina de Quito se mueven por ideales altos y nobles, que dan realce a esta ciudad quiteña que tanto queremos y les quieren.