Paulina Mesec 1998 – 1999

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Todo empezó luego de un partido de fútbol en la Universidad, donde me esperaban dos señoras muy elegantes: “¿Quieres inscribirte para Reina de Quito?”, me preguntaron. “No gracias, eso no es para mí”. En ese momento solo pensé en un concurso de belleza, pues para mí, no tenían sentido estos certámenes. Pasaron los días y luego de informarme bien, entendí el fondo del concurso: “La Reina de Quito es una mujer que representa a la juventud quiteña en su labor de servicio a la comunidad”. Fue cuando decidí participar. Y han pasado doce años desde entonces, que de solo recordarlos, me sonrío y me siento satisfecha, de haber dudado un instante, para luego encontrar la alegría que desde entonces no deja de acompañarme.

El mes de preparación pasó lento. Entre risas, fugas, aventuras y muchos nervios, parecía como el camino de ida al lugar que nunca llegas, cuando el de vuelta pasó en un abrir y cerrar de ojos. Pero el reloj sí marca las horas y finalmente ahí estaba yo aquella noche. Recibiendo la banda de Señorita Simpatia y de Reina de Quito, asumiendo una gran responsabilidad. Y fue justamente así como lo tomé. Los toros, fotos, revistas, entrevistas, y eventos sociales no eran importantes para mí. Lo importante era empezar a trabajar cuanto antes para poder cumplir lo que había expresado con ilusión en cada entrevista y que sonaba a la típica respuesta de “Quiero dejar huella”.

Más adelante entendí que la huella se quedaría dentro de mí para siempre. Empecé a llamar, a pedir, a organizar. Me di cuenta del poder que tiene la Reina de Quito cuando todas las puertas empezaron a abrirse, porque todos confiaban en la obra de la Fundacion Reina de Quito. Y así fue cómo empecé a disfrutar a mis veinte años de esta gran experiencia de vida.

La gran aventura de servicio empezó con la entrega de regalos de Navidad en las laderas del Pichincha, llevados en un camión repleto de juguetes y caramelos. “Ponte la banda” me dijo una ex reina. Yo no entendía para qué. “Porque para ellos tú eres especial, no les quites el sueño de estar con la Reina de Quito”. ¡Y así era! Los “peques” me veían como a su “Hada Madrina”. Además de la alegría de recibir un regalo, era una dicha inalcanzable que la Reina de Quito este ahí junto a ellos, en su barrio, al pie de sus frágiles casas, compartiendo, sonriendo, embromando en medio de la luz que proyectaban sus ojos tiernos.

Los niñitos salían de donde parecía no haber casas, corrían, reían. ¡Tanta felicidad con tan poquito! La magia empezó en esas caritas, y en mis ganas y mi sed de poder multiplicar sonrisas. Recuerdo la imagen de tantos niños al sentirse, aunque sea por un segundo, completamente dichosos, y a la vez nerviosos y curiosos. Algunos mirando una película en el cine; otros, comiendo una hamburguesa; muchos de ellos, esperando recibir una cobija, un juguete o una prenda de vestir nueva para ser estrenada; o sentados, mirando un show sobre hielo. Todos con su corazón ardiente de dicha; cosas pequeñas, únicas e inolvidables para ellos y para mí también.

Una mañana en Mc Donald’s junto con los niños del mercado Iñaquito, me sorprendió que muchos de ellos comían la mitad de su hamburguesa y la otra mitad la guardaban: “Es que señorita voy a llevar para mi hermano que no pudo venir”. Qué lección de amor caritativo me invadía hasta lo más hondo. Era seguramente la primera vez que esos niñitos probaban una hamburguesa, sin embargo, querían compartir con sus seres queridos. Y nosotros que tenemos tanto. ¿En qué momento nos volvimos tan egoístas? ¿Por qué se tiene que tener estas experiencias tan fuertes para volverse más humanos? ¡Qué lección de madurez me impartieron para siempre las calles de mi ciudad!

Esas experiencias del día a día durante el año de reinado me hacían cada vez más sencilla y sobretodo más agradecida con Dios, cada vez con más empuje, ganas y entrega. Seguimos organizando. Ahora era el turno de los niños con síndrome de Down, mi primera vez frente a personas con discapacidad. ¡Qué lejos, puedo confesar, había estado de una realidad tan tierna! Organizamos varios eventos como Miss Colegial y venta de fanesca, para recaudar fondos, para que más niños pudieran tener la oportunidad de ser parte del Centro Infantil Aprendiendo a Vivir, que esa época era el Proyecto Apoyo.

Las peticiones y llamados de ayuda llegaban a diario. Gracias a la generosidad de muchos pudimos ayudar con alimentos y vituallas a los damnificados por las cenizas del volcán Tungurahua, por inundaciones en el sur de la ciudad, y en Colombia. También se hicieron visitas llevando ayuda a varios orfanatos y ancianatos.

Quería también dejar algo físico donde se palpara el cariño en sus paredes, así que implementamos una guardería en Nono. Tardes, noches y fines de semana, ahí estábamos junto con Cristina Ormaza, Señorita Patronato y Esther DeVries, Senorita Confraternidad, pintando, arreglando, organizando todo para entregar a tiempo la guardería, acompañadas del sonido del inmenso Guagua Pichincha. Sintiéndonos tan pequeñas e impotentes ante la naturaleza pero tan realizadas en nuestro interior.

Siempre estaré agradecida con las ex Reinas que apoyaban mis ideas y trabajaban sin aparecer, solo por su infinito amor de servicio. La Directora Ejecutiva de la Fundación en esa época, Noemí de Izurieta, me cuidaba con celo de madre, me aconsejaba y compartía el día a día conmigo. El equipo del Proyecto Apoyo trabajaba con tanto amor con los niños con discapacidad. El Alcalde de la ciudad, Roque Sevilla, su gran esposa, Pilar de Sevilla, algunas candidatas de ese año, varios voluntarios, todos trabajaban por una gran causa. Mi familia y amigos siempre atentos a mis pasos, no dejaron de involucrarse en esta inigualable experiencia de mi vida.

Mi año de reinado llegó a su fin, y ahí estaba yo de nuevo esa noche ante Quito, sintiéndome tan orgullosa y a la vez tan agradecida porque dentro de mí despertó “algo”; ese “algo” que lo sigo acariciando en mí. Han transcurrido doce años y aprendí que no solo como Reina de Quito se puede hacer el bien a los demás, sino que todos lo podemos hacer desde donde la vida nos coloca. La esencia es la misma: “Con entrega y amor se consiguen grandes metas”.

Gracias a este libro por hacerme recordar la época más intensa de mi vida; fructífera en alegrías, vivencias, sentimientos, madurez. ¡Fue la época que marcó lo que soy ahora! Me doy cuenta de lo afortunada que fui, y que cada año le toca la varita mágica a una chica en Quito, que sin saber ni cómo ni por qué, asumirá el reinado, un reinado de servicio, de trabajo y de amor a los más necesitados. Estos recuerdos me llenan de entusiasmo para también trabajar por la niñez, que ahora me rodea y que se llama ÁFRICA.

Estoy segura de que las personas que lean este Libro, se darán cuenta de la verdadera función que realmente tiene la Reina de Quito junto con la Fundación Reina de Quito, que van dejando huellas de amor, cuando todos los días aportan su granito de arena en esta labor incansable de este último cuarto de siglo, que cumple la Fundación, de la que me siento orgullosa de ser parte.