Rocío Avilés 1969 – 1970

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Era el Quito tranquilo, todavía franciscano, de fines de los sesenta, cuando festejábamos las fiestas en las calles, sin ningún peligro, bailando en el parque Gabriela Mistral de la calle Almagro y Cordero. Tomaba bus para ir al trabajo en la Cancillería y daba clases de catecismo en la esquina de mi casa.

Recuerdo que el entonces Presidente, doctor José María Velasco Ibarra, tenía la peculiaridad de ir a las oficinas de las diferentes dependencias ministeriales a chequear que los empleados llegaran a tiempo, y alguna vez, casi me pilló atrasada. Pero fue ese encuentro, que me sirvió para que el Presidente Velasco me recordara y posteriormente me apoyara en el trabajo social que cumplí durante mi reinado.

En ese entonces, las esposas de los concejales seleccionaban a las candidatas. El aprender a desfilar no me resultó difícil, porque ya había sido Reina de Turismo de Quito cuando tenía quince años.

Desde que me ciñeron la corona de Reina, sentí que mi vida cambiaba completamente, porque tuve que combinar las obligaciones del reinado y del trabajo en el Ministerio de Relaciones Exteriores. Podría decir que: “El gusanito de la labor social te demuestra, que una cosa es querer ayudar, y otra muy distinta concretarlo y hacerlo”.

Si bien el proyecto fuerte de ese entonces era la Casa de Salud La Dolorosa, permanentemente recibía pedidos de todo tipo. Mis jefes y compañeros de trabajo me daban facilidades para atender en mi oficina al público que acudía para atender mis programas de Reina; además, me ayudaban a preparar los discursos. El tiempo no alcanzaba para cumplir con la doble función de secretaria en la Cancillería y de Reina de Quito. Había que conseguir pequeñas ayudas para algunas escuelitas, guarderías y ancianatos. Los industriales textiles me daban sábanas y cobijas para los hospitales. Algunas fábricas me regalaban lo que no se vendía y tenían en bodegas. Los tiempos han cambiado y ahora eso es casi imposible porque todo se vende, nadie regala nada.

También me hice cargo de la Casa de Salud La Dolorosa. En mi época había diez viejitos. Era como que te hubieras casado y tuvieras diez hijos. Cuando eres candidata sueñas con los proyectos, pero una vez en el reinado, te das cuenta de que económicamente hay que hacer un esfuerzo bárbaro. Tienes que pedir ayuda a los médicos conocidos y a las farmacéuticas; siempre caía bien la guía de los papás y de amigos que te sugerían a quién acudir.

Cuando era Reina, me molestaba la crítica de la gente sobre sentarse correctamente, expresarse mal. Por fortuna, los periodistas eran más tolerantes, colaboradores, bien intencionados y menos criticones. Tenía siempre que cuidar de esos “pequeños detalles” que supone ser una figura pública pero, eso sí, me escapaba y me sentaba a comer mote en la esquina de mi casa.

Una vez terminado mi año de reinado, sentí una mezcla extraña de que algo lindo terminaba, pero también recuperaba mi libertad y la posibilidad de cumplir bien con los horarios de trabajo. No dejé de preocuparme por guiar y orientar a muchas de las Reinas que vinieron después y aceptaban mi ayuda. No obstante, fue mi incorporación a la Fundación Reina de Quito, lo que me permitió seguir haciéndolo de modo más permanente. Fue la gran oportunidad que me dio María Teresa Donoso de seguir adelante con la obra social, y pese a mi trabajo me daba el tiempo para ir a las reuniones.

La Fundación, ya jurídicamente constituida, nació desde la primera reunión como un apoyo para la reina recién electa, pensando sobre todo en mantener la tradición de labor social. Todas recordábamos que no habíamos tenido ningún tipo de apoyo y, en nuestra inexperiencia, a veces había gente vivaracha que trataba de aprovecharse. Dadas las malas experiencias, podíamos alertarlas sobre determinadas personas o proyectos que eran en realidad una estafa.

Al comienzo no teníamos oficina y mi casa fue muchas veces una especie de sede. Trabajábamos sentadas en el piso, con nuestros cuadernos, tomando nota y proponiendo ideas para luego ir poco a poco concretándolas.

Después vino el proyecto Niños Durmiendo Alrededor del Mundo, que nos unió mucho porque el trabajo era muy fuerte. Para comprar los equipos para dormir que entregábamos a niños de escasos recursos, teníamos que hablar con las empresas para conseguir precios especiales. Disponíamos de tres meses antes del reparto para comprar las cosas y armar los kits. Ayudaban los esposos y los hijos durante esta época. Nos juntábamos de seis a ocho de la noche después del trabajo, al principio dos veces por semana y luego todos los días. Una vez armados los kits, venía el reparto que duraba una semana con la presencia de los donantes canadienses.

La Fundación fue consolidándose y ahora apoyamos al Centro Infantil Aprendiendo a Vivir, donde un equipo de profesionales atiende a niños con síndrome de Down. Además, estaban mezclados niños pequeños y casi adolescentes.

Las ex Reinas que permanecemos activas asumimos tareas de apoyo en la educación de los niños organizar los paseos mensuales, como también apoyamos siendo sus madrinas o en casos que requieren recursos para atención médica.

Al comienzo, cuando me relacioné con los niños del Centro me ponía nerviosa, pero que al frecuentarlos fui entendiendo las razones de su comportamiento y descubrí el extremado cariño y ternura que son capaces de brindar, siendo éste un hermoso aprendizaje de interacción con ellos.

Por ahora tengo a mi cargo la atención a personas de escasos recursos económicos que por problemas de salud acuden al Programa de Ayudas Puntuales en Salud de la Fundación, que va desde la provisión de anteojos hasta la consecución de fondos para una operación, un tratamiento, un examen de diagnóstico o determinada medicación. Atiendo al público los miércoles por la mañana. Son ocho pacientes semanales que atiendo por el limitado presupuesto, pero es nuestro reto el ampliar este servicio y es uno de los mayores compromisos que tenemos como Fundación.

Reviso los informes de la trabajadora social o de una fundación para canalizar la ayuda. Mi trabajo consiste sobretodo en escuchar y dar un consejo a personas que no reciben ninguna explicación o información en los centros de salud. Obviamente no sé de medicina, pero los años me han ido enseñando y puedo orientarles a dónde recurrir y qué hacer. Además que el que pueda escuchar sus problemas, les brinda un alivio, y muchas veces he percibido una mirada de esperanza para la solución de su situación, como de gratitud por ser tomados en cuenta ya que han encontrado a alguien que les apoye en esos duros momentos.

Considero que lo más importante es escuchar a la gente con amor y paciencia… es la mística de las Reinas de Quito. Quien sale elegida sabe de antemano que no va a contar con muchos recursos y tal vez tenga que dejar de estudiar o de trabajar y sabe, sobre todo, que la labor social que le espera es realmente enorme. Ése es el cuidado que hemos puesto en la Fundación, dejar en claro que es un reinado de servicio que no puede caer en la frivolidad. Por eso, cuando se presentan las candidatas, les explicamos que tienen que estar dispuestas a dar, dar y dar…