Rocío Jarrín 1974 – 1975 – Fundación Reina de Quito

Rocío Jarrín 1974 – 1975

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En esa época, no existía la Fundación Reina de Quito, por lo tanto quien salía electa tenía que trabajar por cuenta propia, con nuevos programas, nuevas ideas, con diferentes recursos, muchas veces sin contar con fondos para ejecutar los planes, y sin la posibilidad de seguir programas u objetivos ya trazados para un trabajo con proyección y que se consolidara con el esfuerzo de las siguientes Reinas.

La iniciativa que tuvo María Teresa Donoso es realmente muy loable pues agrupó a las ex Reinas, logrando impulsar la Fundación que ha permitido a todas las Reinas trabajar organizadamente, con objetividad y obteniendo resultados excelentes, llegando con ayuda a tantas personas que de verdad necesitan.

Yo conté con el auspicio de la Armada del Ecuador y, gracias a su apoyo, pude trabajar con niños, ancianos, madres solteras, leprosos, etc. La elección se llevó a cabo el 30 de noviembre de 1974 e inmediatamente se iniciaron las Fiestas de Quito. Luego, había que planificar las Navidades y en tan corto tiempo había que buscar la forma de agasajar a los niños. La Marina colaboró con todo lo necesario para este programa y se entregaron ropa, juguetes y fundas de caramelos para más de 5,000 niños pobres de los barrios marginales de la ciudad.

Luego, el Municipio de Quito me invitó para que viajara a Cali, Colombia, para representar al Ecuador en el Reinado Panamericano de Belleza, con motivo de las fiestas de esa ciudad. Allí tuve la satisfacción de obtener el Premio al Mejor Traje Típico Americano, luciendo un atuendo de indígena Saraguro, que la Casa de la Cultura Ecuatoriana me facilitó, junto con su auténtico sombrero de dos libras de peso y las joyas propias de la mujer de esa región. El reinado lo ganó la representante de Argentina, una chica realmente muy linda.

En 1975 se produjo el aluvión de La Gasca, un desastre que ocurrió en ese sector de la ciudad, inundando casas, destruyendo calles, tuberías, autos, etc. Junto a la Defensa Civil, la Cruz Roja y el Municipio de Quito, acudimos inmediatamente a tratar de ayudar a las personas que allí vivían, para trasladar a los heridos, ubicar a los damnificados en albergues, improvisar jornadas de limpieza de las casas, las calles, proporcionar alimentos, ropa, medicinas, etc. Se hizo una maratón para recaudar fondos y donaciones, obteniendo un magnífico resultado por la colaboración de las personas y empresas que se hicieron presentes en esta oportunidad.

Después, vino un período en que la gente necesitada acudía a mi casa, a mi trabajo, tratando de obtener ayuda en casos muy dolorosos y apremiantes. Cada situación era realmente tan triste que en muchas ocasiones me sentía impotente y frustrada al no poder conseguir los médicos o los medios necesarios para solventar estos problemas. Por eso pienso que la creación de la Fundación Reina de Quito ha sido el mayor acierto para poder afrontar tantas situaciones que no están al alcance de solo una persona por más apoyo y colaboración que tenga de sus auspiciantes o del público en general.

Trabajé muy de cerca con el Leprocomio, con el Hospital Psiquiátrico San Lázaro, con el Asilo de Ancianos Corazón de María, con el Orfelinato San Vicente de Paúl, y con muchas personas que no pertenecían a ninguna institución pero que necesitaban ayuda. Muchas cosas quedaron por hacer, no por falta de interés sino porque un año no es un período de tiempo que permita consolidar las obras que se planifican. Al terminar mi reinado y hasta ahora, siento que me faltó hacer mucho por la gente de mi ciudad.

Ese año me dejó enseñanzas muy profundas en mi alma. Creo que realmente me enseñó a conocer la ciudad en la que vivimos y caminamos todos los días pero sin ver realmente como es la ciudad y su gente. Aprendí a palpar muy de cerca la realidad de tantas familias, de niños sin hogar, enfermos, niños de la calle, gente en la más absoluta pobreza, madres solteras sin tener donde acudir, ancianos olvidados, personas a quienes simplemente no miramos porque están allí y son parte del entorno. Esto me hizo cambiar la óptica desde la cual se mira al ser humano; el sentir en uno mismo el dolor ajeno; la impotencia al darse cuenta que uno solo no puede arreglar el mundo por más voluntad que se tenga, pero que debemos colaborar por una sociedad más justa y equitativa, dejando de pensar sólo en nosotros o en el bienestar de quienes están en nuestro entorno más intimo.

En definitiva, estoy segura de que haber sido Reina de Quito me hizo una mujer más humana, más sensible y con una enorme gratitud para quienes me permitieron vivir tan intensamente ese reinado. Nunca olvidaré los rostros, las sonrisas, las muestras de cariño y agradecimiento de tantas personas que nunca antes me habían conocido pero que me permitieron llegar a sus hogares y a sus corazones con un poquito de ayuda, de solidaridad y amistad.