Susana Castro 1970 – 1971 – Fundación Reina de Quito

Susana Castro 1970 – 1971

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Apenas había cumplido 17 años de edad, cuando propusieron ser candidata a Reina de Quito. La alegría y la ilusión se apoderaron de mí. Fue muy lindo compartir con otras chicas de mi ciudad las experiencias de dos meses intensos de preparación, todo era nuevo para mí; no me imaginé nunca que en ese momento iniciaría una etapa de mi vida llena de sorpresas y experiencias maravillosas.

La “gran noche” llegó, y participé serena y tranquila pensando que sería una de las quiteñas que integre la Corte de la nueva Soberana de la Ciudad, cuando en medio de un bullicio ensordecedor escuché mi nombre llamándome como Reina de Quito. No entendía lo que me pasaba, me quedé perpleja en medio de la música, los gritos, el colorido del teatro, los abrazos; la corona y la banda adornando mi cabeza y mi pecho… era un momento de rutilante esplendor.

No había dormido sino tres o cuatro horas cuando por llamado del Alcalde estuve presta a empezar mi trabajo y esta tierna y dulce ilusión se transformó casi inmediatamente en una enorme responsabilidad. Tuve la oportunidad de conocer mi linda ciudad en su riqueza arquitectónica, sus bellezas naturales, su historia excepcional, su gente y su cultura. Un aprendizaje intenso hasta conocer el alma de la ciudad y enamorarme de ella.

Con el apoyo de mi familia, amigos y la generosa colaboración de instituciones públicas y privadas inicié mi tarea. Es sorprendente saber que la solidaridad, la generosidad y el cariño a Quito es una de las más bellas características de nuestra gente. El agasajo navideño fue mi primera tarea y conocí el valor que tiene un juguete en la sonrisa de un niño pobre. Un llanto inconsolable me impidió leer el discurso cuando entregaba una ayuda al Área de Quemados del Hospital Baca Ortiz, donde tiernas criaturas sufrían quemaduras de más del 40% de sus pequeños cuerpecitos. Todo ésto generó una energía dentro de mi alma, que me permitió seguir en una abultada obra social sin descuidar a niños pobres, ancianos desamparados, madres abandonadas, escuelitas populares y muchos otros lugares que quedan en mi retina.

Este otro Quito que te llena de dolor, lágrimas y desesperanza, penetró en mi espíritu y me llenó de energía para trabajar con ellos y compartir su angustia. Sentía un inmenso deseo de ser una Reina con enorme poder y acaudalados recursos para combatir y derrotar a la pobreza.

Esta experiencia maravillosa fue el punto de partida de una vida diferente … me hizo más sensible a los problemas humanos. Entendí que hay otra ciudad detrás de la belleza física de Quito, que duele, agobia y hace que todos los esfuerzos no sean suficientes. Comprendí que la vida sin entrega y servicio a los demás es inútil. Pude educar a mis hijos con esta visión más humana.

No me he podido quitar de encima el orgullo de ser quiteña y haber servido a mi linda ciudad con todo mi cariño. Luego de esta bella experiencia al año siguiente participé en el concurso de Miss Ecuador, sintiendo nuevamente la linda sensación de ganar la corona, pero también la responsabilidad de representar a mi país en varios concursos internacionales de belleza, siendo el más importante el de Miss Universo.

Agradezco la feliz iniciativa de crear la Fundación Reina de Quito, soy parte de ella desde el primer día y veo con orgullo que esta iniciativa no solo persiste en sus objetivos, por los que fue creada, sino que se ha agrandado y ha sido imitada en otras ciudades del Ecuador.

Algo muy bonito que sentí al trabajar en la Fundación Reina de Quito, aparte de poder mantener una continuidad en las obras sociales, es que de una u otra manera nuestras familias, y en especial los hijos, en ese entonces aún pequeños, se fueron involucrando sintiéndose parte de la misma y saboreando la felicidad y alegría a través de una sonrisa o muchas veces a través de una lágrima, un gracias el mismo que quedó guardado en sus corazones marcando una gran diferencia en sus vidas.